Emigrantes

Por Pedro Altares
Periodista

actualidad1.gifDecía Joaquín Sabina en una de sus canciones que consideraba como una tragedia en tu vida “que te cierren el bar de la esquina”. Viví esa tragedia cuando un día acudí como cotidianamente al bar al lado de casa a tomar mi habitual café con churros. Estaba cerrado a cal y canto y con señales inequívocas de desmontaje del establecimiento. Temí, como también canta Sabina, lo inevitable de la sustitución por una sucursal bancaria. Lo que me suponía una pérdida irreparable: adiós a las charlas de café, a los días de tertulia, a la visión compartida de los partidos de PPV, tan emocionante como en el propio estadio…En fin, la modernidad era eso. O sea, la paulatina desaparición de los lugares de encuentro sustituidos por establecimientos despersonalizados y asépticos en los que sólo cuenta el dinero.

Pero, unos meses después, al pasar delante del añorado mostrador observé una desusada actividad en su interior que, era obvio, nada tenía que ver con la asepsia bancaria y, ¡oh sorpresa!, todo indicaba que estaban montando de nuevo “mi bar”. No falté a la apertura y saludé a los nuevos inquilinos a pesar de que nos les conocía de nada: dos eras sirios y un tercero libanés. Saludé con alegría lo que suponía una ampliación en la internacionalización de mi barrio donde es frecuente, en prácticamente todos los establecimientos de hostelería la presencia de colombianos, peruanos, ecuatorianos y, en todas las obras y construcciones diversas, de rumanos, marroquíes y polacos. Amén del continúo ver pasar por la calle a filipinas y latinoamericanas acompañando a señoras y señores mayores en sus paseos en silla de ruedas o ayudándoles en el caminar. En mi barrio, además, existen como ya es habitual en todas partes los establecimientos de “Todo a cien” y “el abierto las 24 horas” llevados por chinos tan amables como desconocedores del español. Pero lo mejor de todo es el colegio nacional muy cerca de casa: en la entrada luce un gran mapamundi con banderitas clavadas en distintos lugares con el número de alumnos/as que corresponden a cada país. En total unos 30 que van desde uno de Sudán y otro de Haití a los veinte ecuatorianos y a otros tantos norteafricanos. Lo que se dice una auténtica gozada que nos hace soñar con un mundo sin muros, sin pateras ni cayucos, en los que nadie tenga que huir de la miseria de la emigración propia. La historia da muchas vueltas y ahora nos ha tocado ser receptores. Seámoslo y demos la bienvenida a quienes sueñan con una vida mejor o, en el caso de los latinoamericanos, respondamos con el mismo criterio con el que ellos acogieron a los españoles que huían en los tiempos bárbaros de la dictadura. No es fácil el problema con el tráfico de seres humanos y una integración que requiere más medios y menos burocracia. Existe el choque de culturas y existen las bolsas de la marginación para quienes no encuentran trabajo. Y existen la xenofobia y el racismo puro y duro. Pero, hoy por hoy, los emigrantes son esenciales en las economías occidentales y, sobre todo, enriquecen estas sociedades opulentas y egoístas. Vamos al mestizaje inevitablemente. Y eso es bueno. Bienvenidos.

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Escrito por redaccion el 15 de Noviembre de 2007 con 0 comentarios.
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